AÑO CARMESÍ | Politify

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AÑO CARMESÍ

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Justo antes de entrar al mes de diciembre, el espíritu navideño ha visitado los hogares de los residentes de La Paz; las paredes de las casas se adornaron con luces en cascada de diferentes colores; las posadas y las carnitas asadas empezaron a organizarse en cada rincón de la ciudad; en las fachadas de las tiendas locales lucen las piñatas, colgadas de los techos y ondeando las tiras de papel china o crepé tan características de este producto; los paceños con sus suéteres tejidos o sus chalecos rompe-vientos, paseando detenidamente por las plazas comerciales, inician la compra anual (innecesaria) de los adornos navideños que iluminarán sus hogares este año, mientras los niños que se portaron bien este año corren a través de los pasillos del área de juguetería, emocionados por escoger los regalos que le pedirán a Papá Noel o a los Reyes Magos.

Y así, el comportamiento consumista da inicio a la temporada navideña y de fin de año en la ciudad; oficialmente, las famosas fiestas del Guadalupe-Reyes quedan inauguradas para La Paz; los paceños se preparan para recibir en sus umbrales a la Blanca Navidad.

No obstante, aunque algunos comportamientos y costumbres particulares de estas fechas siguen vigentes, la ciudadanía sabe que esta Navidad será totalmente distinta a la de años anteriores, a la de sexenios anteriores. Y esto no ha sido exclusivamente para la ciudad de La Paz:

La península de Baja California Sur ha sido totalmente vestida de un profundo color rojo desde los primeros días del 2017; inauguramos el primer mes del año con 50 ejecuciones en todo el estado, donde ningún municipio se salvó de ser destino del miedo y del terror, destino de ese pestilente y horroroso olor a sangre, destino de un mar de lágrimas por la pérdida dolosa de aquellas familias sudcalifornianas de los ejecutados.

Lamentablemente, muchas personas caen en la costumbre de culpar a la víctima del asesinato por sus malas mañas, por andar en malos pasos. Eso no es justificación. Ese tipo de comentarios no ayuda a minimizar la violencia en nuestro estado, no reduce el dolor en los corazones de los familiares de las víctimas, ese tipo de comentarios fomenta el odio entre las personas, y eso es lo que menos necesitamos en estos momentos.

Hace unos años, la calma y la paz que reina en el mundo en estas fechas estaban presentes en nuestro bello estado el resto del año; no era necesario esperar los últimos días de diciembre para que la tranquilidad llegara a las calles, ya que en toda la región los residentes disfrutaban de una quietud, libre de ejecuciones, a veces los 365 días del año. Escuchar en las noticias locales sobre una persona muerta o desaparecida era demasiado raro y ajeno para los sudcalifornianos; en un lugar tan pequeño y pacífico, la noticia de un homicidio dentro de la ciudad se extendía a cada rincón, ya que era considerado un acontecimiento insólito. Pero todo cambió aquél 31 de julio del 2014, los primeros tres ejecutados en la carretera La Paz-Los Planes, el inicio de lo que muchos llaman ‘‘La imparable Ola de Violencia en B.C.S. ’’, aunque para otros signifique más que una ola; es todo un mar de sangre.

Desde ese día, la muerte, hambrienta y sin piedad, pasea día a día por las calles de La Paz, Los Cabos, Comondú, Mulegé y Loreto; un estado que antes se consideraba una región gobernada por una tranquilidad peculiar o un refugio para aquellos que buscaban un escape de lugares violentos y agitados, ahora se conoce por su nivel de violencia que se mide en números de secuestros, riñas con armas de fuego, feminicidios, amenazas y desmembramientos. Un edén de la calma reducido a un infierno en llamas.

El alma fiestera de los sudcalifornianos se ha reprimido y limitado, pues las balaceras han sido tan recurrentes e imprevistas que ya no se sabe quién podrá ser la siguiente víctima, porque lo que empezó como una cacería entre personas ligadas al crimen organizado se transformó en una matanza de mujeres, hombres y niños inocentes y ajenos a estos problemas. Porque los sicarios y narcotraficantes se han posicionado como terroristas. Porque los sicarios y narcotraficantes son indiferentes ante las muertes de civiles inocentes de las que son responsables. Porque los sicarios y narcotraficantes son incapaces de resolver sus problemas con el diálogo. Porque los sicarios y narcotraficantes se comunican únicamente con violencia y amenazas. Porque los sicarios y narcotraficantes tienen el respaldo de un gobierno con instituciones y órganos deficientes, e incapaces de hacer frente a las atrocidades que cometen.

Este mar de violencia que el país está cruzando es consecuencia de distintas vertientes; como el dominio de territorios por parte de los huachicoleros, la crisis económica que afectan a los sectores pesqueros y a los agricultores en las zonas semiurbanas y rurales, o incluso la tendencia del crimen organizado de apropiarse de otras actividades ilegales como la explotación de minas y la tala ilegal de árboles.
Sin embargo, en Baja California Sur la función del narcotráfico se ha centrado en crear micro-mercados dentro del mismo Estado; entre las calles y barrios de la entidad.

Desde que nuestro país vecino legalizó la venta de la mariguana y el consumo recreativo de ésta en algunos de sus estados, los productores y traficantes de la droga se vieron en la necesidad de crear mercados en México y evitar el tráfico hacia EEUU. Fue así como los liderazgos del narcomenudeo empezaron a pelear puntos de venta dentro de nuestro propio país, dando inicio a una reestructuración del negocio del narcotráfico, convirtiéndose en una estructura local del narcomenudeo.

Tampoco podemos ignorar la ineficacia con la que nuestro gobierno ha operado en los últimos años para resolver estos actos atroces y violentos que la ciudadanía está sufriendo. Tanto los narcotraficantes como los gobernadores insulsos tienen la culpa de todo este mar de sangre que asedia al Estado, pero los consumidores de drogas provenientes del narcomenudeo también son corrresponsables y, por lo tanto, los que tienen en sus manos la solución de este problema.

Hace unas semanas fue “la noche más armoniosa del año”, algunos tuvimos la fortuna de gozar de una agradable velada con nuestra familia y amigos. Después de todo, merecemos unas horas de paz y alegría, de poder disfrutar del tiempo con las personas que más amamos sin preocupación alguna.

Recordemos que en todo el Estado hubo cientos de hogares en que los comedores tuvieron una o varias sillas vacías este año: hubo cientos de familias sudcalifornianas que esa noche continuaron con el fétido sabor a sangre en sus memorias y con las marcas en sus mejillas de los cauces de sus lágrimas. Y, más aún, recordemos que no están solas: Nos unimos a su dolor, pero nos une más el coraje y las ganas por cambiar la realidad de nuestro Estado, por volver a vivir con La Paz que gozábamos.

Por: Adrian Trasviña

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